Un equipo por Diseño (Parte II)

En la anterior entrega veíamos como Dios dio al hombre una tarea específica, un propósito. Sin embargo, vio que era importante que tuviera una compañía, alguien con quien realizar dicha labor además de poder cumplir con los planes de fructificar, multiplicarse y gobernar. Dios al ver la necesidad del hombre establece para el más trabajo, el hombre lo asume en obediencia y sucede algo especial: “Así el hombre fue poniéndoles nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves del cielo y a todos los animales del campo. Sin embargo, no se encontró entre ellos la ayuda adecuada para el hombre” (Génesis 2:20).

El hombre continua enfocado en su labor y propósito, pero entre todos los seres vivientes que Dios le presentó no había la ayuda adecuada para él y Dios nuevamente toma una decisión: “Entonces Dios el Señor hizo que el hombre cayera en un sueño profundo y, mientras este dormía, le sacó una costilla y le cerró la herida”. Dios inicia la obra creadora de la ayuda adecuada para el hombre, pero no lo discute con él y mucho menos le pregunta por sus necesidades, no hay una conversación en la cual el hombre exprese los más “profundos deseos de su corazón”, sus gustos y anhelos, la verdad es que Dios no hizo partícipe al hombre en ningún momento.

El texto nos dice de manera clara que Dios hizo caer al hombre en un sueño profundo, un estado de indefensión, de vulnerabilidad, de silencio. Estando dormido realiza una pequeña incisión y retira una costilla del hombre, posteriormente cierra la herida, estaba profundamente dormido.

Continuemos con el relato: “De la costilla que le había quitado al hombre, Dios el Señor hizo una mujer y se la presentó al hombre”. (Génesis 2:22). Este proceso de creación es en realidad 100% Divino, su diseño y planeación es único, no hay una segunda opinión. Debemos recordar que ella también es creada a la imagen de Dios mismo. “Así que Dios creó a los seres humanos a su propia imagen. A imagen de Dios los creó; hombre y mujer los creó”. (Génesis 1:27) No hay duda, ella es perfecta y lo es mucho antes de ser presentada al hombre.

El hombre al despertar, sin tener idea de lo que había sucedido en su cuerpo, le es presentada una nueva creación y su reacción es extraordinaria: “Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se llamará mujer porque del hombre fue sacada”. (Génesis 2:23) Esta declaración es contundente, sin señales de duda, sin titubeos, sin estrategias, etc., simplemente la ve y de inmediato reconoce a quien tiene al frente, la ayuda adecuada que estaba esperando. Ahora bien, esta declaración es mucho más profunda pues el hombre reconoce en ella parte de sí mismo, de su esencia, se ve reflejado en su imagen, por lo tanto, reconoce y ve a Dios en ella.

La expresión hueso de mis huesos y carne de mi carne es poder identificar en ella la esencia espiritual que Dios le había provisto al darle el aliento de vida, pero también es reconocer en ella una identidad como un igual, en el mismo nivel de dignidad, “Se llamará mujer porque del hombre fue sacada”. El hombre reconoce en ella a un ser distinto pero con toda la capacidad para ayudarle en el cumplimiento del propósito de Dios.

«Sin embargo, no tienen lo que desean porque no se lo piden a Dios. Aun cuando se lo piden, tampoco lo reciben porque lo piden con malas intenciones: desean solamente lo que les dará placer».

Santiago 4:3.

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